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Por un día no me importa si es un pecado... (Odette Chrysomallis)

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Re: Por un día no me importa si es un pecado... (Odette Chrysomallis)

Mensaje por Odette Chrysomallis el Lun Jun 13, 2016 6:37 am

Puedo escuchar aquel monólogo entre delirios, una parte de mi cerebro creyendo que sólo se trataban de fantasías materializadas en palabras para calmar el dolor de una niña atormentada por la ausencia de su adorado hermano. El terror que sentí tras quedarme sin aquel chico que había sido mi sostén todo el tiempo; de repente dándome de lleno contra la cruda realidad, una que tenía que enfrentar a partir de aquel momento sola. Sí, tuve mucho miedo, existieron noches en las que sentía que la soledad no podía ser más apabullante, sólo para descubrir que a la siguiente sería peor. Pero lo superé, de alguna forma u otra lo hice, tuve que hacerlo para poder sobrevivir y hacer mis sueños realidad. Descubrí que no era justo para Lyssandro el tener que cargar con un bulto tan pesado como yo lo era, y que ahora que él estaba haciendo realidad sus mayores anhelos ahora tenía que ser yo quien le apoyase desde casa. ¿Qué tan de cierto era eso? ¿Realmente le sonreía para apoyarle? O sólo era una excusa para convencerme de que ya no lo necesitaba. Esa fue una vil mentira, siempre le necesité a mi lado por más temple sereno que llegué a mostrar. Lo quise junto a mí cuando enfrenté a mis padres para que me dejaran hacer mis sueños realidad; no quería sus ánimos expresados en una fría carta, sino en palabras que yo pudiera escuchar con claridad, que yo pudiera apreciar de forma tangible.
Pero, al final, ni lágrimas ni sonrisas consiguieron retenerle. Esas palabras que ahora escuchaba difuminadas por el sopor que nublaba mi mente, no las podía creer... No ahora, no después de haber pasado ya por tanto. No cuando aquella brecha abismal se había hecho inaccesible en la actualidad.
Aún así una parte de mí, aquella que conservaba recelosamente los tibios e inocentes sentimientos de una niña, quiso aferrarse a ellas y confiar. Confiar como siempre lo hizo, aun si había sido desechada y olvidada en un rincón, cual muñeca rota e inservible.
¿Eso era lo que yo significaba para ti, Adelphos? ¿Sólo una muñeca de porcelana ya rota?
Mi respiración se hizo más notoria y agobiante a medida que la fiebre se intensificaba y aquellos recuerdos y sentimientos perturbaban aún más mi confusa mente.
-¿Eso soy... yo... para ti... Adelphos? ¿Sólo... una...mu... rota?
Me quejé y removí entre sueños, adolorida y asfixiada por una enfermedad que aprovechaba la oportunidad de mi vulnerabilidad para sacar a la luz aquellos temores que me agobiaron una vez en mi infancia. Si me preguntaban por ellos el día de hoy, cuando ya había madurado y tenido que aprender a enfrentar a la vida por cuenta propia para así trazar mi propio camino, diría que no tenía ni la más mínima significancia. Ahora que era una adulta, podía decir lo mismo que me dijeron en antaño: sólo eran juegos de niños.
Una parte de mí, al parecer, no lo podía ver de esa forma.
El aire que exhalaba era cada vez más caliente, y me era imposible poder abrir los ojos ya, ni siquiera capaz era de mover ni el más minúsculo de los músculos de mi cuerpo. Sólo podía permanecer así, en brazos de mi hermano y con mi pecho ascendiendo y descendiendo de forma rápida y profunda ante mis jadeos. Tal cual, irónicamente, como una muñeca rota. Mi garganta ardiente clamaba por un poco de alivio, y este no se hizo esperar cuando una caricia gentil sobre mis labios hizo que un líquido suave y reconfortante se deslizara por mi boca hacia mi adolorida faringe. En ese punto entreabrí los ojos, pero mi visión se encontraba lo suficientemente empañada como para no ser capaz de distinguir las facciones de aquella silueta cerca mi rostro, haciéndome ingerir aquel líquido mediante la unión de nuestras bocas. Mas, dentro de mí, sabía quién era...
-Adel... -la negrura se adueñó de mí y el cansancio se llevó la poca capacidad de mis sentidos con la que aún podía percibir, entre escalofríos y alucinaciones, lo que sucedía a mi alrededor.
'No me dejes nunca sola, por favor, mi Adelphos...'
Y con este pensamiento en mente, me permití sucumbir ante aquella plácida inconsciencia que había estado luchando todo el tiempo contra mí para hacerme suya. Y al fin había salido airosa en su cometido.
No supe cuánto tiempo transcurrió para que los síntomas de mi enfermedad mitigaran, ni cuándo fue que la fiebre al fin cedió y permitió que tuviera un descanso limpio y tranquilo, libre de temblores y jadeos. Lo cierto era que, cuando volví a abrir los ojos con pesadez, los primeros rayos de la alborada ya se filtraban por las persianas. Mi cuerpo se quejaba, adolorido y pesado, tal cual la sensación que siente uno tras haber sufrido por una intensa enfermedad; me costó un poco rememorar los hechos acontecidos la noche anterior, siendo sólo capaz de recuperar con claridad hasta el momento en el que llegué a la habitación. Tras ello todo se convertía en un caos de visiones y sentimientos, que incluso tratar de descifrar algo me provocaba nuevas punzadas en la cabeza. Al menos tenía que agradecer que mi mente estaba ahora por completo despejada, señal de que la fiebre había desaparecido en su totalidad y que no me volvería a molestar.
Tuvieron que pasar un par de segundos para que me percatara que estaba entre los brazos de Lyssandro, y que este dormía profundamente, ciñéndome contra su cuerpo como si en algún momento de la noche hubiera pensado que me perdería. Esta impresión me sorprendió, pero no pude hacer otra cosa sino verle con sumo cariño al percatarme de su rostro sereno, y las sutiles ojeras bajo sus ojos.
-Mi Adelphos... muchas gracias por todo -estiré mi cuello y con sumo cuidado le deposité un tibio beso en la mejilla.
Tras aquello, consideré oportuno dejarlo descansar, y para ello tendría yo que salir de allí. Mi mente se encontraba ya lo suficiente despierta como para ser capaz de volver a conciliar el sueño, y si permanecía allí seguro terminaría por despertarlo. Así que, con suma discreción y cuidado, me deshice de sus brazos que rodeaban mi cintura y me deslicé fuera de la cama, deteniéndome ante cada mínimo movimiento para percibir si no le estaba perturbando con mis acciones. Una vez que lo dejé tranquilo, me dirigí al cuarto de baño para vestirme con mis propias posesiones. En vista de que no contaba ya con blusa, me volví a poner la chamarra de cuero de mi hermano, que me quedaba enorme, subiendo por completo la cremallera. De puntitas y con zapatos en manos, salí de la habitación en silencio.
Afuera ya, me calcé y bajé a la planta baja, donde descubrí que los dueños de la posada ya se encontraban en plenas labores a pesar de ser tan temprano. Me voltearon a ver con preocupación y alivio al mismo tiempo para después interrogarme sobre mi salud. La amable señora que carecía de la facultad de hablar no se veía muy conforme con que yo estuviera de pie, pero les aseguré que me encontraba en perfectas condiciones gracias a sus atenciones, y les agredecí profundamente por estas. Les pedí, también, que dejaran descansar a mi hermano, y que ya iría yo a despertarle cuando la hora del desayuno llegara. Después salí de allí tras preguntarles por algún lugar donde pudiera recoger flores silvestres.
Para mi desgracia hacía mucho frío en el exterior, así que me arrebujé mejor en la chamarra, seguí el pequeño sendero de piedras que la hija me había señalado y, tal cual como se me dijo, pude encontrar un pequeño claro en el bosque donde flores de variados tamaños y colores armonizaban con el ambiente. Por unos minutos me quedé embelesada ante aquel panorama, después me adentré para comenzar a recoger las más bellas del lugar. Mientras lo hacía, y sin darme cuenta, comencé a entonar una dulce melodía descubriendo con gran deleite de esta manera que el escozor en mi garganta ya había desaparecido por completo. Aún así no me forcé de más, sólo dejé que las notas y los sentimientos se mezclaran entre sí y fluyeran con libertad, mientras cortaba flores bañadas en rocío.
-¡Mira, es ella! ¡Es ella, hermano! ¡La sirena de anoche!
-No seas tonta, Gabriela, no es una sirena. ¡Y calla!, que te que puede oír...
Ante esas palabras alcé la mirada, sólo para descubrir que dos pequeños me miraban entre el follaje. Sonreí hacia ellos cuando estos, al sentirse descubiertos, trataron por todos los medios esconderse.
-Vengan, no se asusten, soy buena conversadora.
Los niños, algo tímidos, terminaron por acercarse a mí con miradas recelosas, o al menos el mayor de ellos. La niña trataba de buscar refugio tras la retaguardia de aquel que ya había dicho que era su hermano, y no pude sino contemplar la escena con cierta melancolía al descubrir en ellos lo que alguna vez fuimos Lyssandro y yo.
-Es usted la señorita que cantó anoche, ¿cierto? -preguntó el chiquillo de no más de ocho años. Yo asentí ante su pregunta y ni bien pude expresarlo en palabras cuando la pequeña, llena de emoción, se encaró a mí con un cálido brillo en los ojos.
-¡Eres una hada del bosque! ¿Verdad? ¿Verdad que sí lo eres?
-No, no lo soy -reí, divertida- pero tampoco estás muy errada, soy una espiritual del bosque.
Ambos guardaron silencio por unos momentos, antes de que Gabriela se pusiera en cuclillas frente a mí y contemplara el ramillete que llevaba yo en la mano, con duda.
-¿Por qué estás recogiendo flores tan temprano?
-Son para una persona muy especial para mí, como gratitud por haberme cuidado toda la noche cuando me sentía enferma.
-¿Se las darás a tu novio? Ese hombre gigaaaaaaante que cantó tan bonito contigo.
Por un momento me quedé desconcertada por la pregunta, contemplando el vivaracho rostro de la castaña y parpadeando un par de veces. De nuevo reí.
-No, para nada, él y yo no tenemos esa clase de relación. Ese hombre tan gigante, como tú lo describes, es mi hermano mayor.
-¡Oh! -la niña parecía realmente asombrada- ¡Que suertuda eres! ¡De contar con un hermano tan grandote! Yo también quiero uno así de grande para que me proteja.
-¿Verdad? -le guiñé el ojo, cómplice-, pero no necesitas a uno así pues tú ya tienes a quien seguro te cuida cuando lo necesitas.
Al parecer las palabras de la niña hirieron el orgullo del pobre muchacho y, mezclado con la vergüenza que sintió ante mis palabras y visible en el sonrojo de sus mejillas, desvió la mirada y se cruzó de brazos, molesto.
-Las hermanas menores son un problema, siempre siguiéndote a todos lados... ¡Yo no aguanto a la mía!
Ante esta afirmación Gabriela terminó por hacer un puchero, y sus ojitos verdes se annegaron en lágrimas.
-¿En verdad somos tan terribles? -cuestioné con una sonrisa algo nerviosa y sintiendo lástima por la pequeña.
Esa conversación sólo hacía que sintiera una ligera punzada de nostalgia al percatarme que, dicho y hecho, ese par de hermanos eran iguales a Leandro y a mí de niños.
Ahora me preguntaba si el rubio había pensado de mí lo mismo que ahora aquel infante pensaba de su hermanita. Una sombra de pesar cruzó mi rostro al darme cuenta que, efectivamente, esos debieron haber sido los mismos pensamientos de él. El que se hubiera marchado tan lejos y por tanto tiempo, dejándome sola, era una muestra irrefutable de ello...
Pero no tuve tiempo ni a analizar ni tampoco a descartar tales ideas, pues una presencia que se acercaba interrumpió mis cavilaciones. Miré por encima de mi hombro para tratar de vislumbrar la silueta del recién llegado.


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Re: Por un día no me importa si es un pecado... (Odette Chrysomallis)

Mensaje por Lyssandro Chrysomallis el Mar Jun 14, 2016 5:14 am

Apenas abandoné sus labios el mundo me daba vueltas. No estaba seguro de qué más hacer o cómo cuidarla, solo sabía que su propio dolor me atravesaba y me llenaba de una impotencia absoluta; me colmaba de odio hacia mí mismo por poseer estos sentimientos que solo me alejaban de ella y me acababan orillando a lastimarla más de lo que lo haría si, sencillamente, pudiera decirle la verdad.

Pero la verdad era más de lo que podía asumir, era una pesada responsabilidad que no me sentía capaz de gritar para que ella entendiera mis razones y dejara de culparse; hacerla consciente de mis sentimientos al final solo le traería dolor y la alejaría de mí mucho más que la distancia física que yo nos había impuesto en el pasado. Y yo ya no podía ni quería soportar estar lejos de ella… sin embargo cuando me percataba de que mi cercanía también la acababa lastimando, lo único que acababa deseando era desaparecer, no existir y así no poder lastimarla con nada que hiciera, dijera, sintiera o pensara…

No fui consciente de en qué momento los temblores de su cuerpo aminoraron, su piel recuperó una temperatura tolerable y su respiración se apaciguó; solo supe que en un momento ella por fin estaba en paz y casi como respuesta inmediata mi cuerpo cayó en profundo sueño, como si hubiera estado aguardando por rendirse hace tiempo.

Me abandoné ante el reino onírico que pronto me arrastró hacia sus entrañas, mis últimos pensamientos estaban centrados en los dolorosos recuerdos de mi hermana que poco a poco traían a colación los míos propios, llevándome a soñar con momentos concretos que habíamos compartido en nuestra infancia.

~
En aquel sueño el crepúsculo daba lugar a la noche, pronto la luna ocupó el lugar del sol y el cielo renegrido se pobló de miles de soles más lejanos  que salpicaban aquel lienzo de tinieblas con blancas luces; bajo aquel cielo tranquilo me encontraba yo a mis nueve años tallando una improvisada flauta en un pedazo de caña de bambú que se había desprendido de uno de los obsequios que mi tío enviaba de Japón para la familia.

El pequeño cuchillo con el que me encontraba tallando había sido un temprano obsequio de mi padre; sin embargo al final no había sido tal cosa pues había acabado pagando con una moneda de plata por él, claro que eso no había sido porque mi padre fuera un tacaño ni mucho menos, sino porque en nuestra cultura regalar un cuchillo a alguien más vaticinaba que ambas personas tendrían un altercado en el futuro; de esta manera había tenido que pagar por el objeto para que este fuera considerado una venta y no un obsequio.

Como fuera, estaba agradecido con Padre por esto… Siempre había querido una herramienta así para tallar pequeños instrumentos y aunque él renegara de eso y se empeñara en que ocupara mi tiempo en hacer cosas productivas para mi futuro, al final me había dado este artefacto en señal de que, aunque no le agradaran mis mediocres ambiciones, podía hacer eso a un lado con tan de darme algo que me hiciera feliz.

Silbaba mientras tallaba cuidadosamente aquella pieza, haciendo los cálculos mentales pertinentes para abrir los agujeros de las notas en el lugar correcto para la ejecución de melodías.

Estaba demasiado centrado en mi propia creación que no me percaté de que un duendecillo rondaba mis alrededores y pronto se me abalanzó abrazándome por la espalda, haciéndome dar un respingo y que el cuchillo se cayera de mi mano.

-¡Adelphos! –chilló la pequeña mientras se aferraba a mí-

-The--- Digo… Odette –Murmuro a punto de llamarla por su nombre de nacimiento a causa de haber sido tomado desprevenidamente.-

- ¿Qué estás haciendo?- Inquiere curiosa mientras observa el instrumento entre mis manos-

-El otro día dijiste que querías ver las luciérnagas ¿No? –Le digo moviendo la improvisada flauta delante de sus ojos- Siempre venimos aquí pero no conseguimos que brillen… Así que pensé componer una melodía que pudiera invocarlas… para ti… -Le susurro sonrojándome al pensar en lo tonto que podía verme diciéndole algo así; sin embargo mi hermana jamás me juzgaba o me miraba como si algo que yo dijera fuera ridículo. 

Aún si mis ambiciones eran insignificantes, aún si tenía hábitos raros, aún si parecía más débil o menos masculino que el resto de los chicos de mi edad; para ella todo lo que hacía resultaba fascinante y con eso me motivaba lo suficiente como para permitirme ser yo sin escuchar los juicios, acusaciones y burlas del resto del mundo.

Para Odette, sencillamente era Leandro; era el que le inventaba historias sobre los espíritus guardianes del bosque, el que hacia juegos y canciones para sacarle una sonrisa, el que quería enseñarle a amar a las luciérnagas, los árboles y el río como a cualquier cosa simple que no tendría jamás un valor material.

-Oye, Det… ¿Sabías que las luciérnagas fueron un regalo de los Espiritus del Bosque para los hombres? Cuando los humanos se entristecían por no poder alcanzar las estrellas, su dolor alcanzó a la madre tierra y esta a cambio les obsequió las luciérnagas para borrar su frustración por lo inalcanzable… Así que ellas son como las estrellas de la tierra, brillan para que los seres humanos no sufran… Sin embargo parece que aún ellos no pueden apreciarlo del todo.

Por eso nosotros como espirituales debemos agradecer cada milagro de la naturaleza, Adelphi… Porque ella es nuestra primera madre y la primera que llora cuando nuestra alma sufre ¿Sabías que es por eso que llueve? –Río posicionando los dedos en mi flauta- Como mi canción fue hecha para ti se llama “Invocación de estrellas para un cisne”.

Presento la melodía y enseguida comienzo a soplar aquellas melodiosas notas que emiten un sonido dulce y ancestral, un sonido que emula al las corrientes de un arroyo que se mecen con la suavidad de las caricias del viento. Luego de los primeros compases las luciérnagas comienzan a brillar entre los árboles y luego a flotar en el aire, acercándose al río que se extiende delante nuestro, y cuando aquellas criaturas reflejan su luminiscencia en el agua parecen multiplicarse, es entonces que los ojos de mi hermana brillan como nunca y yo me prometo a mi mismo proteger ese brillo para siempre.
~

Cuando despierto presiono mis brazos buscando encontrar el cuerpo de Odette entre ellos, sin embargo solo me hallo abrazando el aire.

Mis ojos se abren y en un acto reflejo salto de la cama casi sin aire en los pulmones, rebuscando a mi hermana con la vista en cada rincón de aquel cuarto, más allí no hay nadie más que yo.

-¡Odette!- Llamo su nombre, con la esperanza de que me responda, pero solo el silencio se hace presente… al menos por algunos segundos en los que aquel desasosiego es roto por aquel melodioso sonido inconfundible para mis sentidos.

Guiado por aquella armonía ni me preocupo por calzarme o salir del cuarto y bajar las escaleras, sencillamente abro las persianas de la enorme ventana y me trepo para luego colgarme de ellas y aventurarme hacia el suelo, mis rodillas flexionadas impactan en el suelo generándome un pequeño tirón más el dolor de aquella caída no mengua mi determinación por encontrar a Odette.

Luego de seguir el rastro de aquel sonido que pronto se acaba, sigo por el mismo sendero hasta que consigo ver a mi hermana en compañía de dos niños conversando animadamente; estoy a punto de interrumpir cuando escucho que la pequeña le pregunta por mí, así que siguiendo un impulso prácticamente infantil, me escondo detrás de un árbol y me dedico a escuchar la conversación que mantienen… 

Hubiera querido escuchar mucho más, de no ser porque de pronto oí aquella pregunta teñida de dolor que hizo estremecer mis sentidos espirituales; entonces supe que ninguna de mis palabras anoche habían surtido verdadero efecto… por eso no pude permanecer oculto por más tiempo y decidí irrumpir en la escena hasta pararme a su espalda con los brazos cruzados.

-Lo cierto es que son un verdadero quebradero de cabeza…-Digo sin más- todo el tiempo nos hacen preocuparnos de lo que pueda pasarles y de las personas con quienes se juntan, nos hacen conocer el miedo verdadero cuando lloran a gritos sin decirnos la razón,  nos hacen conocer la verdadera frustración cuando hacen algún berrinche y nos hacen conocer la verdadera tristeza cuando se encierran en sí mismas… Y también… nos enseñan lo que es la verdadera alegría cuando nos dan un obsequio hecho por ustedes, la verdadera diversión cuando nos vemos obligados a escapar de nuestros padres a causa de sus ingenuas travesuras… Y nos muestran cuál es el verdadero amor cuando se vuelven inmensamente  felices por la mínima cosa que hacemos…

Así que no importan las cosas 'negativas' que puedan traernos… -Le murmuro con complicidad al pequeño mientras me dejo caer de rodillas junto a Odette- las hermanas menores son las primeras personas por las que descubrimos lo que implica el milagro de estar vivo… Podrás tener a tu madre… a tu abuela… a tu esposa algún día… a tus hijas; pero ninguna será tu mejor amiga como lo podría ser tu hermana; y en algún momento descubrirás que eres completamente capaz de hacer cualquier cosa por proteger, aunque sea, la mínima porción de felicidad de esa personita irritante; y pronto sabrás que jamás… ningún sacrificio será suficiente con tal de no verla sufrir nunca…

Los niños se miran entre ellos, algo confundidos y luego vuelven la vista hacia mí como si con aquella mirada hubieran buscado la complicidad del uno y el otro; entonces es él quien me mira fija e inocentemente y como si no significara nada rompe aquel silencio…

-Oye… ¿Estás seguro de que ella no te gusta?

Ante sus palabras me ahogo de la impresión comenzando a toser sin ser capaz de recuperar la compostura.

De pronto se escucha una voz adulta buscando a los pequeños y ellos se despiden anunciando que su madre los llama a desayunar y que si seguimos aquí nos verán cuando acaben.

Intento despedirme pero sigo lo suficientemente impresionado, y para colmo de males con el rostro completamente rojo, como para poder decir cualquier cosa; como si la situación no pudiera volverse más incómoda para mí, ahora me encuentro a solas con Odette tratando de recuperar la compostura.

-No debiste haber salido del cuarto sin decirme nada… -Murmuro en un hilo de voz- Veo que te sientes mejor, pero no deberías arriesgarte a una recaída, tu cuerpo estuvo muy débil por lo de ayer… -Pongo los ojos en blanco al recordar que debía reprenderla por no haberme dicho que se sentía mal- ¡No debiste esforzarte más de lo que podías! Eso solo agravó tu situación… Tienes que entender que yo no soy tu agente, ni tu fanático, ni la persona que gana dinero contigo y tu sufrimiento… Soy la última maldita persona en este mundo que quiere verte pasar por algo como lo de anoche… Así que en el futuro no vuelvas a ocultarme estas cosas ¿Lo entiendes? Delante de mí no quiero que vuelvas a esforzarte por satisfacer a nadie más… no quiero que vuelvas a hacer algo que te haga daño solo porque sientes que a alguien más puede servirle…  Si te lastima a ti, solo lo despreciaré y en verdad no quiero despreciar ningún recuerdo entre nosotros. 






Gracias Callimou ♥️:
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Re: Por un día no me importa si es un pecado... (Odette Chrysomallis)

Mensaje por Odette Chrysomallis el Mar Jun 14, 2016 6:25 am

En cuanto miré a Leandro detrás de mí, cual largo era y con los brazos cruzados en esa posición imponente, no pude evitar el tragar en seco y dedicarle una sonrisa nerviosa, en un vano intento por hacerle mitigar la molestia que de sus ojos hazel escapaba. Ya sabía yo que el salir a recoger flores sin avisarle no iba a resultar, pero había tenido la vaga ilusión de que se pudiera encontrar cansado, lo suficiente como para durmir hasta el momento que yo regresara a levantarle y así no incitar a mi compañero a darme una acostumbrada reprimienda. Lancé un suspiro de resignación escuchando cada una de las quejas que mi hermano comenzó a lanzar, afirmando así los sentimientos compartidos con aquel niño desconocido. Alcé la mirada para ver a la chiquilla, impresionada por el hombre gigante, y sólo le guiñé el ojo de forma cómplice mientras aquella letanía proseguía y proseguía... hasta que me di cuenta que su discurso había cambiado a uno totalmente diferente al inicial. Volteé a verlo con incredulidad y asombro, siendo visible en mis ojos el desconcierto que me suscitaba aquellas palabras.
Una cálida sonrisa terminó por asomar a mis labios cuando me percaté que aquello estaba formado para hacerle comprender al niño que las hermanas menores no éramos tan terribles como se pudiera pensar. Sí, admitía que solíamos ser fastidiosas, obstinadas y un poco irracionales con nuestras demandas, pero siempre miraríamos a nuestros hermanos con los ojos mismos ojos que una persona usa para contemplar a su héroe. Eso era Lyssandro para mí, mucho más que un héroe: un confidente y mi primer mejor amigo, en quien siempre podía sostenerme si lo necesitaba. Aún si el tiempo y la edad había terminado por separarnos de aquella manera, una parte de mí no podía evitar seguirle observando con aquella mirada infantil de antaño, aun si ya sabía de antemano que los sentimientos no eran recíprocos. Aunque era un hecho que el mayor seguía preocupándose por mí y cuidándome, no existía mejor muestra que lo de anoche y lo de ahora; quería creer que no era por una obligación moral y familiar que sentía con respecto a mí. Esperaba que no...
Abrí los ojos con suma turbación ante aquellas palabras lanzadas por el menor, con esa seguridad infantil que reconocí como la misma que tenía cuando afirmé, mucho tiempo atrás, que yo sería la esposa de mi Adelphos. Por supuesto que dentro de la concepción de un pequeño, aquello era de lo más normal al no tener claras las normas establecidas por la sociedad de adultos; para la inocencia de un niño todo era posible. Y por ello es que, tras recomponerme de esa inicial impresión, me causó suma gracia.
Y más aún ante el evidente estado afectación del rubio por lo cuestionado. Me mordí el labio inferior para no echarme a reír, pero mis ganas eran notorias ante los ligeros temblores de mi cuerpo, el cual clamaba a gritos por dejarle soltar una sonora carcajada. Me reprimí, por supuesto, pero mi mirada traviesa no dejaba lugar a dudas con respecto lo divertido que encontraba la situación. En cambio le di suaves palmaditas a mi acompañante en la altura de la espalda alta, cerca del cuello, al mismo tiempo que me despedía de aquellos pequeños con un gesto de mi otra mano cuando estos tuvieron que marcharse ante el llamado de su madre.
-Buenos niños, ¿no? Me recordaron a nosotros, años atrás -exclamé, más al aire que a mi hermano propiamente dicho, y dejé su espalda en paz cuando vi que el otro ya se veía libre de morir ahogado.
Hice un gesto de seguir cortando flores, pero me detuve a media acción cuando aquellas palabras duras me alcanzaron. Mi espalda se tensó y volví a morderme el labio inferior, permitiéndole que se explayase o en caso contrario después no se quedaría a gusto, como siempre. Lancé un sonoro suspiro de resignación, pero jamás admitiría que no había extrañado el ser regañada de aquella forma. ¿Hacía cuánto desde la última vez que Lyssandro había tenido que adquirir aquella postura de adulto mayor y responsable? Me causaba gracia, tomando en cuenta que había sido él quien prácticamente me sustrajera del departamento de Dante por la ventana, tal cual ladrones. ¿Y ahora era yo la regañada por enfermarme y no decirlo?
Preferí pasarlo por alto y terminé por estirar el brazo para cortar una linda flor de tonalidades amarillas, la cual fue a unirse con el resto del ramillete que recolectaba. Cuando sentí que su discurso finalizó, viré mis talones para quedar de cara a él, aún en concluyas. Mi rostro estaba adornado por una cálida y jovial sonrisa, como aquellas que le dedicaba cuando sólo era una infante.
-Pero los niños nos necesitaban, no podíamos defraudarles, ¿cierto? Sé que no eres ni mi agente ni tampoco uno de mis seguidores, lo cual agradezco. Agradezco profundamente que seas mi hermano, y tu preocupación, pero a veces existen situaciones que sobrepasan de nuestro propio bienestar, y hay que estar preparados para ello. ¿O mi dirás que hubiera estado bien el dejarles decepcionados por la falta de un evento que estuvieron esperando por todo un año? Los viste, Adelphos, viste la sonrisa de esos dos niños que se acaban de ir. ¿Hubiera valido la pena privárselas sólo para que yo no padeciera un poco de dolor? No me arrepiento de lo que hice -extendí mis manos y con sumo cariño le deposité en las manos el ramillete que estuve cortando para él. Alcé la mirada para fijarla en sus peculiares ojos-. Olvida ya eso... ¿Te gusta? Quería dártelas como gratitud por todo lo que hiciste por mí el día de ayer. Quería que fuera una sorpresa, pero... -en este punto me incorporé, soltando un suave quejido por el reclamo de mis músculos adoloridos, tanto por la incómoda posición en cuclillas como por el viaje en moto del día pasado. Le sonreí de manera nerviosa, masajéandome el cuello al hacerlo- ... creo que no lo planeé bien, fue demasiada ingenuidad de mi parte pensar que dormirías hasta que fuera a llevártelas. ¿Lo recuerdas? Solía hacer esto todos los días antes de que... de que te fueras al conservatorio a estudiar... -me fue imposible no hacer una breve pausa para después finalizar con una voz que murió en lo último. Ya habían pasado muchos años de ello, y era algo que creía superado. Pero por alguna razón, justo en ese momento, me dolió recordarlo. Sin embargo reí, para quitarle la tensión al momento-. ¿Vamos, Lyssandro? La posadera me dio a entender, antes de salir, que el desayuno no tardaría en estar y para a estas alturas, ya debería estar servido. Muero de hambre -comencé a caminar hacia el sendero que nos llevaría a la cabaña; miré por encima del hombro para cerciorarme que mi acompañante me había escuchado y seguido.
Una vez en el interior, nos dirigimos al comedor cuando nos enteramos que, en efecto, ya estaba preparado el desayuno, y nos sentamos en la misma mesa de ayer. Ahora el lugar estaba prácticamente vacío, a excepción de la familia de los mismos dueños. La mayoría de las mesas estaban relegadas a un rincón, esperando a ser acomodadas, y la tarima de ayer que se usó para el espectáculo infantil ya había sido removida.
No tardaron mucho en traernos dos platos iguales, huevos revueltos con beicon, acompañados de pan tostado y ensalada elaborada con frescos vegetales que ellos mismos cultivaban en una pequeña huerta tras el edificio. Para bebida se nos ofreció jugo de naranja recién exprimido. Casi morí de placer cuando me llevé el primer bocado y mi paladar se deleitó ante el buen sazón de la cocinera, quien era la misma posadera. Y pensar que me había perdido de apreciar ese detalle la noche anterior.
-¡Esto está delicioso! -exclamé casi infantilmente mientras me apuraba a llevar otra porción más... y otra más. Ya estaba a medio acabar cuando al fin fui consciente para dedicarle una mirada a Leandro-. Nuestra aventura está por terminar, ¿verdad? Pero te agradezco mucho por estos maravillosos recuerdos, te prometo que los atesoraré -sonreí hacia él, sincera, cálida y afectuosa.
Cierto era que tenía una vida a la cual regresar, y un itinerario que no podía postergar. Sin embargo aquel rompimiento de rutina sería algo que recordaría para siempre. Sólo esperaba que para mi hermano también fuera lo suficientemente especial como para que lo recordara en un futuro.
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Re: Por un día no me importa si es un pecado... (Odette Chrysomallis)

Mensaje por Lyssandro Chrysomallis el Jue Jun 16, 2016 9:31 pm


Cuando ella acabó de darme aquel pequeño monólogo sobre la importancia de haber hecho el show para los niños, no logré responderle; sabía bien que era algo en lo que nunca podríamos estar de acuerdo porque para mí bienestar ni la felicidad de nadie podrían estar a la par de los suyos y mucho menos por encima… pero esa no era una conversación que tendríamos allí ni en ese momento.

De pronto quedé algo desorientado cuando ella me ofreció aquellas flores, las cuales acabé recibiendo, agradeciéndole con un gesto de la cabeza, siendo transportado por sus palabras y mis propios recuerdos a aquellas épocas en que esto había sido lo normal para ella y lo normal para mí.

Pude percibir el tono apagado de su voz ante aquel recuerdo de mi partida; quise decirle lo que ya le había dicho la noche anterior, pero sabía que aunque intentara explicarle cualquier cosa, nada cambiaría el hecho de que al final la había dejado y con eso la había herido.

Lo mejor fue dejar el pasado donde estaba, donde seguiría hiriendo pero al menos no obstruiría el futuro… quizás no podía cambiar todo aquello que la había dañado, sin embargo podía construir las bases de una nueva historia… una en la que no volvía a lastimarla ¿Pero hasta que punto estar cerca suyo no acabaría dañándola de nuevo? Si siempre estaría entre nosotros, interponiéndose, el fantasma de mi propia inseguridad, mi terror de que ella descubriera estos sentimientos, mi rechazo hacia la posibilidad de dar una imagen errónea al mundo… todas esas cosas que me alejaban de ella y yo sabía que la herían tanto como saberme físicamente ausente.

Aún con toda mi confusión no era momento de pensar en eso, sencillamente abracé las flores, que me había dado, contra mi pecho y las agradecí. Luego la escuché parlotear sobre el desayuno y decidí que sería una buena despedida de aquel lugar que, de alguna manera, nos había reencontrado.

La seguí hacia el comedor de la posada, sin emitir palabra en el camino… sabía que palabra que usara solo serviría para generar una tensión, inevitable, que únicamente desembocaría en hacerme sentir acorralado y acabar jodiendo lo que prefería que fuera una despedida amena.

Cuando nos sentamos no alcanzamos a hablar de nada porque enseguida el desayuno estaba servido delante de nosotros, al principio lo miré con ciertas reservas, pues tenía más costumbre por comer cosas dulces y no tan pesadas por la mañana,  sin embargo decidí que no sería descortés y probaría todo lo que tan amablemente habían dispuesto para nosotros.
 
Comencé a comer en silencio hasta que escuché su exclamación, provocándome una sonrisa por ver que por fin disfruta una comida y la engulle hambrienta.

Sus siguientes palabras me conmovieronal punto que, nuevamente, no fui en verdad consciente del momento en que alcé mi mano para acariciarle la mejilla con los nudillos.

-Det… Que sea una promesa… Alguna vez, sin importar cuánto tiempo pase, a este lugar… y esta gente… Me gustaría regresar…

Seguimos desayunando hasta acabar con todo lo que nos habían servido. Cuando la mesa quedó limpia, Geena se acercó a devolverme la canasta de picnic que había vaciado para darle la comida a las mascotas de la casa. Le agradecí el gesto y luego de que ella se despidiera con un fuerte abrazo a Odette, se acercó a mí y me dio otro enorme y demostrativo abrazo para luego depositarme un pequeño papel en el doblez del cuello de la camisa y, finalmente, decirme que la llame y guiñarme un ojo traviesa antes de volver a irse.

Cuando nos quedamos solos, me encogí de hombros, ante Odette, porque realmente no tenía la menor idea de dónde había salido aquello; en vista de que jamás había coqueteado con Geena o, al menos, nunca a consciencia.

-Subiré a cambiarme, que esta es la ropa que nos prestaron ayer y la mía ya debe estar seca. Sonreí antes de levantarme e ir al cuarto a quitarme lo que llevaba puesto desde la noche anterior y ponerme mi propia ropa algo derruida. 

Demoré solo algunos minutos antes de regresar al comedor con Odette.

-Ya estoy listo… Iré a despedirme del resto… Prepara lo que necesites…-Le dije antes de dejarla a solas algunos minutos para ir a despedirme de la familia entera y luego salir a buscar la motocicleta mientras aguardaba a que ella también se despidiera; cuando finalmente salió le extendí su casco y me afirmé el propio, aguardando que ella se acomodara a mi espalda, haciéndome dar un respingo cuando su cuerpo se ajustó finalmente al mío, entonces quité la pata de descanso, accioné los comandos de embrague y acelerador y finalmente puse rumbo hacia la carretera que nos llevaría de regreso a la ciudad.

Durante el trayecto de regreso, al igual que con la partida, conduje centrado sobre todo en el camino y el tránsito que poco a poco aumentaba y volvía el viaje más peligroso; Odette no tardó en apretarse contra mi cuerpo y el maldito no tardó en reaccionar, disparando una alerta a mis sentidos que, sigilosamente, bombardearon mi cabeza con todos aquellos recuerdos, emociones y sensaciones que habíamos vivido durante nuestro escape.

Pronto estuve peligrosamente cerca de ver mi consciencia obstruida por aquellas memorias tan íntimas y por las más profundas… por aquellas que habían alborotado mi cuerpo, pero sobre todo las que habían hecho mella profundamente en mi alma.

Tuve que reprenderme mentalmente para volver en mí mismo y así permitir que mi atención regresara a donde tenía que estar al 100%, cuidando de mi hermana, velando porque ninguna otra cosa mala le sucediera. Esa era mi firme determinación, por sobre todas las cosas, lo que más me importaba era no volver a verla sufrir, y mucho menos ser el causante de su angustia ¿Pero cómo podía evitarlo si estando cerca suyo la lastimaba con mi silencio y estando lejos con mi ausencia?

La única manera hubiera sido cambiar mis sentimientos, persuadirme de que ya no los necesitaba, asegurarme de superarla y enamorarme de alguien más, convencerme de que me había engañado a mí mismo todos estos años, meterme en la cabeza; de alguna manera; de que ella no era todo lo que necesitaba y quería para mi vida... que aborrecía cada uno de sus defectos y me eran totalmente indiferentes cada una de sus virtudes.

Reemplazarla, olvidarla, mentirme, reprogramarme… Nada de aquello tenía sentido, por más vueltas que le diera al asunto había una única cosa que estaba clara: Mis sentimientos por Odette eran tan inmutables como la misma entropía, tan infinitos como el mismo cosmos, tan inmarcesibles como la esencia misma del tiempo; debía aceptarlo y resignarme, debía entender que, en la vida, no todo saldría como yo esperaba, que no obtendría todo lo que anhelaba…

Fingir. Esa había sido la determinación con que había ido a buscarla la mañana anterior… sin embargo su propia intuición había superado mi férrea voluntad y mis propios instintos se habían estremecido al percibir la tristeza que la embargaba a medida que se hacía más consciente de que, sin importar que tan físicamente cerca estuviéramos, entre nuestras almas había una brecha infranqueable; una represa que contenía todos estos tórridos pensamientos y sentimientos que yo no podía permitir que se salieran de control… todo lo que yo no podía ofrecerle estaba detrás de esa fachada… y por eso estábamos a un infinito de distancia. Por mi culpa.

Por mi maldita culpa jamás volveríamos a aquellos días en que ella me regalaba flores y yo melodías, en que ella me obsequiaba su voz y yo mis historias. Ya no habría nada de eso, ya no había nada con que yo pudiera hacerla feliz sin traerle tristeza al mismo tiempo.

Todos aquellos tormentosos pensamientos me abstuvieron de cualquier pensamiento descabellado con su cuerpo; tenía la mente fría por mi propia angustia; tanto que no me di cuenta demasiado bien en qué momento habíamos, por fin, llegado a la zona céntrica de la ciudad y por fin nos entrometíamos entre las calles que llevaban al condominio en que ella convivía con su prometido.

Resignado al pronto final del día más especial de mi vida adulta, acelero la velocidad cuando nos inmiscuimos en la zona residencial; solo unos minutos después ya nos encontramos en la entrada del sitio y estoy despidiéndome del guardia con mi mano.

Al verla bajar de la motocicleta y quitarse el casco para extendérmelo, un nudo se atora en mi garganta. Me quito mi propio casco para poderme permitir contemplarla por completo una última vez, regalándole una sonrisa forzada.

-Supongo que nuestro día especial llegó a su fin… Pero no olvides la promesa que hicimos ¿Sí?

Dominado por aquella tormenta de sentimientos contradictorios, estiro el torso hacia ella y consigo que mi rostro alcance la altura del suyo para depositarle un beso casi fantasma, en la comisura de los labios, abarcando mayormente su propia mejilla y la unión con el mentón.

-Llámame cuando quieras verme… Siempre acudiré a ti… -Susurro trémulamente sobre su piel, recolocándome el casco y volviendo a mi postura inicial para darle arranque al vehículo y conducir de regreso a casa; dejando atrás a Odette y a aquel día que atesoraría más que a ningún otro hasta ese momento.






Gracias Callimou ♥️:
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Re: Por un día no me importa si es un pecado... (Odette Chrysomallis)

Mensaje por Odette Chrysomallis el Dom Ago 07, 2016 6:06 am

Aquella caricia a mi mejilla me dejó desconcertada por un segundo, y no pude hacer otra cosa que no fuera sumergirme en aquellos ojos, como si estos me mostrasen sólo la superficie de un profundo estanque en medio del bosque, bañado por la dorada luz del sol. Sin pensarlo demasiado, segundo después una cálida sonrisa asomó a mi rostro y asentí, encantada por su ofrecimiento. Aquella sería una promesa que jamás olvidaría, y que trataría de cumplir al precio que fuera.
Si todo en la vida fuese así de sencillo...
Terminé por susperar y concentrarme una vez más en mi desayuno para finalizar este. El momento de la partida se hacía inminente y mientras mi hermano se cambiaba de atuendo, yo le esperé en la planta baja, agradeciendo mientras tanto a nuestros anfitriones todas sus bondades. Las repetí una vez más cuando mi hermano estuvo junto a mí y no pude evitar enarcar una ceja a modo claro de incredulidad y suspicacia ante aquel gesto por parte de la hija de la casera. Fruncí el ceño y penetré mi dura mirada en las facciones de mi hermano, sin saber del todo el porqué me sentía molesta por la situación. ¿Qué derecho tenía to de decirle algo al respecto? ¿Cuántas mujeres ya no habrían caído rendidas ante los pies de Lyssandro? Sacudí mi cabeza con violencia, en un gesto desesperado por sacarme esa imagen mental. No deseba, ni por asomo, recrear algo semejante. ¿Aquellas punzadas en el pecho eran celos? Claro que sí, era mi hermano, lo más natural era que los sintiera ante la preocupación de que alguien no digno de él pudiera lastimarle.
Finalmente salimos, con rumbo a la motocicleta, y me coloqué el casco una vez que él me lo tendió. Me subí al vehículo y me aseguré a la cintura de mi hermano, sin poder evitarme apegarme más a su cuerpo del necesario. Era innevitable, no sabía cuándo sería la próxima vez en que pudiera estar así de cerca con el de rubia cabellera... ni siquiera sabía si algo así volvería a pasar, y no deseaba desaprovechar la oportunidad que se me brindaba de sentir su calidez una vez más, aunque fuera por una última vez.
El viaje fue apacible, a diferencia del regreso anterior, y nos encontramos con una carretera totalmente despejada y con tráfico fluido. Ninguno de los dos habló durante el trayecto, cada quien ensimismado en sus propias cavilaciones. Yo no podía dejar de rememorar cada uno de los hechos acontecidos desde el mismo instante en que Leandro apareció en mi ventana hasta aquel instante. Había sido divertido, jamás lo negaría, y sobre todo tendría muy buenos recuerdos para el futuro. A pesar de que ya sabía que las barreras entre ambos no se derrumbarían, aun así sentí que fui capaz de echar un vistazo, aunque fuese muy pequeño, al interior del griego... que nuestra conexión se había solidificado... Pero si era así, ¿entonces por qué, a la vez, sentía un pesado vacío en mi pecho? Como si aquello no fuese otra cosa sino el preludio de un acontecimiento que no auguraba nada bueno... No me gustaba aquella sensación, quería fingir que no me percataba de esta pero... no podía, por más que lo intentara.
Más temprano que tarde, Lyssandro aparcó la motocicleta frente al edificio en el cual se encontraba el piso que compartía con mi actual prometido. Habían sucedido tantas cosas en aquellas veinticuatro horas que ni siquiera me había acordado de que mi compañero de vivienda estaría más que preocupado por mi desaparición. La razón me dictaba a internarme para encontrarme con el susodicho y ponerle al tanto de lo sucedido, sin embargo mi corazón me impedía moverme de donde me encontraba, encarando a mi hermano mientras le hacía entrega del casco ajeno. Cerré mis ojos al sentir aquella calidez sobre mi piel provocada por la caricia de sus labios y una vez más les abrí para mirarle con intensidad, con sentimientos en mí muy difíciles de explicar o analizar.
-Yo siempre quiero verte, Adelphos... -susurré poco después de que él partiera, mirando a la distancia aquel punto lejano en el que se había convertido mi hermano junto con su motocicleta-, pero es imposible para ti el acudir a mi llamado...
Cuando después de que se perdiera de mi vista, suspiré y justo en ese momento me percaté que aún estaba en poseción de su chamarra de cuero... ¡Torpe! Debí pedirle que me esperara mientras yo subía a cambiarme, o invitarle a pasar a mi hogar... Desechando estos pensamientos, me di la vuelta y me introduje en el edificio sin mayor preámbulo.
Al menos ahora sabía que volvería a verle, aunque fuera sólo por una estúpida prenda.
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Re: Por un día no me importa si es un pecado... (Odette Chrysomallis)

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