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Y cuando llega la fiera… todo se altera [Priv.]

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Y cuando llega la fiera… todo se altera [Priv.]

Mensaje por Gerhard Leisser el Sáb Feb 28, 2015 4:33 pm

Llevaba poco tiempo en la academia de aquella isla situada en el Mediterráneo, pero pronto se había habituado a la rutina. Total… no es como si tuviera excesivo trabajo, quizás era más apropiado decir que un 80% del tiempo lo tenía libre y, aunque no fuera todos los días debido a su doble empleo que, para qué engañarse, era un autentico caos mantener ambos, acababa por aprovechar ese calmado rato para intentar adelantar informes o lo que fuera que tuviera que hacer de su trabajo. Realmente era un frenesí de papeles, escritos y dolores de cabeza en algunos casos. Pero claro… ¿quién comprendía el trasfondo de aquello que, para ojos ajenos, solo sería imponerse un martirio sobre su cuerpo y vida? Pero eso al doctor de purpúreos cabellos no le importaba, él tenía sus motivos y realmente eso era lo que importaba.

Sentado en la silla dispuesta, con una pluma estilográfica que jugueteaba entre sus dedos en un mero acto de inercia mientras leía el informe que tenía frente a su vista, así era como se encontraba en la enfermería de aquella institución educacional. La calma en aquel momento inundaba el lugar, el silencio era roto únicamente por algún murmullo o leve sonido que rápidamente se difuminaba y volvía a dejar en tranquilidad el lugar. En cierta manera era agradable saber que podía estar unos instantes durante la semana de manera tranquila, pero por otro… era tan poco habitual que le hacía tener una mosca rondando por su mente. Algo tenía que ocurrir…todo era demasiado bonito para ser real.

Su ceño se frunció suavemente al tener una mala sensación. Algo iba a ocurrir, e intuía que no iba a ser nada bueno… las migrañas iban a volver, seguro. Estuvo a punto de adelantarse a los acontecimientos y tomar ya el analgésico para evitar en gran medida el punzante dolor de cabeza que a veces acudía a su sien. Y al final, acabó por incorporarse y dirigirse hacia la puerta que daba al pasillo. Podría decirse que esa actitud era algo paranoica, pero no iba a estar tranquilo hasta que se asegurara de que nada iba a romper la rutina.

Claro que… lo que menos se esperó nada más abrir la puerta fue recibir un golpe en su pecho y ver una cabellera carmesí al bajar su mirada hacia la zona golpeada. Él reconocía ese cabello y la figura que lo acompañaba… ¿pero qué hacía ahí?- Natasha, ¿qué haces? –y sí, eso confirmaba sin duda que su día laboral no iba a acabar calmado… ¿aunque alguna vez su día había acabado tranquilo?
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Re: Y cuando llega la fiera… todo se altera [Priv.]

Mensaje por Natasha Leisser el Dom Mayo 31, 2015 5:32 am

Había sido una misión difícil, casi suicida sin lugar a dudas pero... Tras recibir una profunda herida en su muslo derecho, la cual no dejaba de sangrar por más fuerza que aplicara con un paño, y tras una muy poco apacible caída desde el primer piso a unos arbustos nada amistosos... Al fin estaba allí, a salvo de cualquier peligro que pudiera acarrear mi casi fatídica misión y sin que nadie me siguiera los pasos... ¡Había conseguido mi preciado tesoro de las cocinas de la academia! Observé el pequeño bulto de carne cruda que cargaba en una bolsa de plástico y que mantenía a salvo en un compartimiento interior de mi gabardina. Hubiese significado un gran deshonor si hubiera fallado... pero no fue así, y ahora la pequeña boca a la que tenía que alimentar estaría totalmente satisfecha con mi heróica acción por conseguirle comida.
Pues bien, ahora tenía entre manos un obstáculo más, el último, entre aquel pequeño ser que dependía de mí y aguardaba en la habitación tras la puerta en la que me encontraba reposando a un lado, y yo. ¡¿Por qué, maldita sea, no recordé que el turno le tocaba a Gehard?! ¡Esto de difícil había pasado a ser un acto suicida asegurado!
Apoyé la cabeza en la pared en la cual me encontraba apoyada y lancé un agotado suspiro. Llevaba más de una hora allí sentada, haciendo recelosa guardia a la puerta de cerrada de la enfermería, esperando con paciencia a que el médico osara en salirse para yo poder darle de comer a mi gatito. Y es que si lo hubiera llevado a casa, seguro el de cabellos morados me hubiera corrido con todo animal, y si lo hubiera llevado a mi dormitorio asignado en aquella institución... tarde o temprano alguien se daría cuenta. No, el mejor lugar y el más accesible que tuve en su momento fue la enfermería. Claro, justo en ese momento tenía que estar allí, mi peor pesadilla en esos momentos, arruinándome mis casi impecables planes de conquista. ¡Pero ya me iba a oír ese maldito esposo desconciderado!
Bueno, no... en realidad no me iba a oír de nada porque si le llegaba a decir seguro me colgaría del árbol más alto si tan sólo se enterara de todo lo que tuve que pasar por un simple gato. Y no, no era tan estúpida, al menos no a tales extremos. Volví a suspirar y cerré los ojos, deseando poder quedarme dormida aunque fuera sólo un rato... ¡Pero no! ¡Un ser indefenso esperaba a por mí! Me di ligeras palmadas en mis pálidas mejillas y así volver en mí. Tenía una misión que cumplir y no me iba a dar por vencida tan fácilmente.
Antes de incorporarme alcé un poco el cuero de negro de mi ajustado short para darle una mirada a la herida.
-Joder... -musité entre dientes, poniéndome aún más pálida de sólo ver la cantida de sangre que ya impregnaba mi paño blanco. Levanté un poco este para ver la herida e inmediatamente después la volví a cubrir, tragando saliva en seco. Aquello definitivamente no pintaba para nada bueno, probablemente necesitaría un par de punzadas... pero por fortuna el short me aprietaba tanto el muslo que conseguía que el paño se mantuviera en su lugar sin necesidad de yo hacerlo.- Bien... aquí vamos -me incorporé con una mueca de dolor y retuve el aliento unos segundos. Mientras la sangre aún no escurriera por la piel visible de mi pierna, no me preocuparía por esos detalles. Conté mentalmente hasta diez, a la vez que trazaba un plan de emergencia. Yo lo llamaba: "despejemos el área antes de que el energúmeno se entere". Asentí, satisfecha, y me puse frente a la puerta lista para llamarle y decirle que un chico se estaba muriendo en el edificio de música y necesitaba de su total atención. Levanté el puño para abrir la puerta sin llamar, preparando mi entrada dramática y triunfal, pero...
Claro, pero la puerta se abrió antes y di de lleno contra el torso de él. ¡Maldita sea, cuánto lo odiaba cuando me hacía eso! Retrocedí un paso ante la colisión y lancé un audible quejido de dolor al recaer el peso sobre mi pierna herida. Cuando pude borrar la expresión de dolor que cruzó en mi rostro, alcé la mirada para encararle. Joder, aquello no iba a ser nada sencillo de librar... literalmente. ¡¿Y osaba en cuestionarme el porqué estaba allí?! ¡A este tipo la altura le afectaba! ¡Él era el que estaba arruinando mis planes de alimentar a un minino!
-Un alumno se está muriendo en el área de música... -aclaré entre dientes, tan poco convencida de lo que estaba diciendo que seguro el otro no se tragaba ni un ápice de mis palabras. ¡Pero no podía reclamarme! ¿Cómo se suponía que mantuviera mi perfecta actuación si me había sacado de la jugada con aquella repentina aparición y, para el colmo, estaba a punto de desfallecerme por el dolor? Debido a esto debí sujetarme al marco de la puerta antes de que sintiera que mis piernas me fallaban- Así que... tienes que ir... -¿Qué no ves que no te quiero aquí? ¡Estorbas, fuera!
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Re: Y cuando llega la fiera… todo se altera [Priv.]

Mensaje por Gerhard Leisser el Miér Jun 29, 2016 3:33 pm

Una de sus cejas se arqueó notoriamente al escucharla soltar ese quejido de dolor, y aunque por un momento se quedó pensando si tanto le había dolido chocarse contra él, pronto lo dejó de lado porque no, no era probable y, o lo había exagerado, cosa que dudaba, o realmente estaba teniendo un problema. Y ese hombre, otra cosa no, pero estar atento al estado de salud de su esposa era pan de cada día, tanto era así que la pobre chica realmente llegaba a pensar que solo se preocupaba de ella por eso y nada más, aun cuando no era así.

Pero si pensó que eso sería lo único que fuera a llamar su atención, se confundía y mucho, ya que esa pelirroja comenzó a decir una estúpida historieta que ni ella se creía sobre que un alumno se estaba muriendo. Pero...la que parecía a punto de desmayarse era ella... ni que se estuviera refiriendo a ella misma con esa excusa. Si estaba hasta pálida...- No te estarás refiriendo a ti misma con eso, ¿cierto? Ven, pasa, siéntate -y con cuidado pasó una de sus manos por la cintura contraría para ayudarla y servir de apoyo, porque... ella estaba apoyándose en el marco de la puerta y todo. y aun así, una vez entró dentro de la sala, escuchó algo. Algo extraño, muy extraño para provenir de una enfermería. Eso era...

- ¿Un maullido? -soltó, estupefacto al reconocer qué era ese sonido. ¿Cómo era posible que pudiera haber por ahí un felino? ¿Quién se había atrevido a meter a un animal allí? Pero... instantes después, los justos en atar algunos cabos, fue cuando su mirada se endureció un poco y volteó su rostro hacia la que era su esposa.- ...¿Qué has hecho esta vez? -si, directamente le preguntó aquello, esperando a que aquella chica pelirrojo con complejo de huracán y atraer problemas comenzara a explicarse como era debido y no con una excusa como la de la futura muerte de un alumno. Podía confiar en otras cosas, pero en las referentes a saltarse las reglas por donde fuera, precisamente no confiaba. Y no le culpen, a diferencia de su temeraria esposa... él, era partidario del orden y del buen hacer de las cosas.
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Re: Y cuando llega la fiera… todo se altera [Priv.]

Mensaje por Natasha Leisser el Sáb Ago 13, 2016 5:38 pm

-Ay, qué atento, muchas gracias... -musité entre dientes, más sarcástica que agradecida, ante su ofrecimiento en tomar asiento en el interior. Le dejé ayudarme porque en verdad que me dolía esa maldita herida, y seguro se me hubiera soltado un quejido de dolor en un determinado dado durante la caminata y no, no deseaba que por ahora se diera cuenta. No así.
Bien, estaba en el interior de la enfermería tal cual mis planes inciales, sólo que existía un pequeño detalle que difería, y bastante, con los mismos... la presencia de Gerhard. ¿Cómo demonios me iba a deshacer de él sin ser muy obvia? Mi ensayada historia del alumno muriéndose en el edificio de música no había surtido efecto, y hasta se creyó el de violácea cabellera que me estaba refiriendo a mí. ¡Yo estaba perfectamente! No, mentira, no estaba ni por asomo en buenas condiciones y yo lo sabía... pero sin contar la profunda herida que me drenaba de a poco la sangre de mi cuerpo, y el que mi esposo se encontrara allí estropéandome la misión de alimentar a un inofensivo minino, se podría decir que estaba bien... O eso creí hasta que aquel ruido resonó quedamente por la estancia, casi imperceptible pero audible. Mi espalda se tensó bajo el brazo de pareja y tragué en seco, buscando una forma casi desesperada para justificar aquel maullido. Sí, decir que yo no había escuchado nada, sí. Esa era la mejor opción. Cuando tomé el aire suficiente y abrí la boca para poder hablar, sencillamente me quedé muda ante la mirada y reclamo del de mayor edad. ¿Qué...?
¡Aborten, aborten, aborten! ¡La chicharra de peligro estaba resonando con estrépito en el interior de mi cabeza! Aquello estaba muy lejos de estar bien, todo estaba cayendo en picada de forma veloz y colosal. Fruncí el ceño.
Tenía que actuar, ¡pero ya!
-¿Pero de qué estás hablando? ¿Qué te hace a ti creer que yo...? -un nuevo mallido, más fuerte y lastimero, me interrumpió. Los segundos pasaron en silencio entre ambos... ¡Carajo!-. ¡Ay, está bien! Sí es cosa mía... sólo no digas nada -le pedí, aunque sonó más a advertencia, cuando me separé de él y, renqueando, me acerqué a una esquina de la habitación allí donde las cajas de cartón que contenían archivos y suministros nuevos se encontraban. Con un poco de dificultad hice a un lado una pesada caja, que había servido como barrera para impedir que la pequeña criatura escapara, y esta salió de su escondite a mis pies, con la colita temblorosa en alto y maullando con mayor fuerza ante la esperanza que le brindaba en olor a carne.
¡Era la cosita más adorable del mundo! Anaranjado con rayas, podía sostenerlo en el hueco que formaban mis palmas unidas y aun así se veía pequeño. ¡No tendría ni mes y medio de nacido! Y de todas formas, bajo esas condiciones, era capaz ya de alimentarse por sí mismo y luchar por sobrevivir... No había tenido corazón para dejarlo abandonado.
-A ver, cosita hermosa, ya sé qué quieres... -me puse de cuclillas, emitiendo un jadeo de molestia al sentir tensarse la herida de mi muslo ante dicho movimiento, pero descarté ello y en cambio me concentré en la criatura ante mí, la cual se restregaba ante mis pies como si en verdad yo fuese su madre-, fue una operación muy difícil pero... ¡Tadán! ¡Aquí tienes! -saqué la bolsa de mi chaqueta- ¡Carne fresca recién sustraida de las cocinas! No me lo agradezcas...
Metí la mano en el interior de la bolsa y saqué la bola de carne. El gatito se desesperó más al verla, así que sin demorarme demasiado puse la bolsa de plástico en el suelo para no manchar y encima de esta la carne. No hubo necesidad de indicarle el camino, el animal rápidamente comenzó a comer de forma voraz su alimento. ¡Tan chiquito y tan glotón! Sólo me daba ternura...
Di un evidente suspiro de alivio, aunque de nuevo volví a tensarme al percatarme que no estaba y que, aunque me había olvidado de él mientras duraba mi encuentro con el felino, mi esposo se encontraba allí seguramente destilando veneno con su mirada. Lo usual.... Así que no iba a voltear a ver, no iba a voltear a ver, no iba a voltear a... ¡Maldición, dije que no miraría!
Me dejé caer para quedar sentada y así estirar mi pierna lesionada, emitiendo un nuevo gemido. Por fortuna, antes de poder terminar de voltear mi rostro para contemplar el perfil de Gerhard por encima del hombro, mi vista se encontró con la desagradable noticia de que junto a mí, gotas de sangre caían al suelo desde la herida. Esto quería decir que el pañuelo blanco que había estado utilizando como método de contención ya había perdido su función. Me alcé el short y me retiré la ensangrentada prenda para dejar visible la herida, con más de cinco centímetros de longitud y unos tres de profundidad. Apreté los dientes, molesta y adolorida.
Y el regaño iniciaría en tres, dos, uno...
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Re: Y cuando llega la fiera… todo se altera [Priv.]

Mensaje por Gerhard Leisser el Mar Mar 21, 2017 10:45 am

Todo estaba siendo demasiado surrealista. Pero mucho. Muchísimo. ¿Desde cuando la enfermería que él controlaba en su horario se había vuelto una guardería de animales? Increíblemente observó como su mujer, tras abortar la misión de excusarse, realmente se dedicaba a retirar unas cajas y, dejar ver allí una bolita de color miel que, por lo que pudo ver poco después al verla andar, era el causante de aquel inusual sonido en aquella estancia.

Y eso, sumado a la manera de hablar de la joven pelirroja, y al hecho incuestionable que había dicho en voz alta de que estaba robando también comida de las cocinas para aquella rebeldía, hizo que la mano del doctor Leisser se alzara en un sonoro golpe contra su propia frente, con el ceño fruncido. ¿Qué había hecho él para merecer eso?

Y espera, que eso no era lo peor... cuando volvió a abrir su mirada, casi ni deseando mirar por lo que se pudiera encontrar, fue también cuando encontró el motivo por el cual el rostro de su esposa se encontraba tan pálido y demacrado. Gotas de sangre corrían por la nívea piel del muslo de la pelirroja, hasta que se precipitaban una a una al pulcro suelo blanco de la enfermería. Pero... esa chica...

Y al ver que ella por fin parecía querer, o no, prestarle atención de nuevo a su persona, fue cuando se topó también con la visión de la herida causante de aquellas gotas del carmín líquido que se escurría por su pierna. Y entonces, Gerhard comenzó a contar. Lentamente. Intentando mantener la calma y paciencia. Sí, no pretendía regañarla. Al menos...no en ese momento, tenía algo primero que hacer y de lo que preocuparse.

Por eso, dio media vuelta para dirigirse a una de las estanterías metálicas donde había gasas y demás productos de primeros auxilios para heridas y, tomando bastantes gasas, volvió a dar media vuelta para arrodillarse frente a la que era su mujer y, retirar sin escrúpulos ese paño que inicialmente debería haber sido blanco para poder posar sobre la peligrosa herida esas gasas.- Sostén eso ahí, te ayudaré a incorporarte. Tenemos que encargarnos de esa herida -y aunque intentó pronunciarlo con neutralidad, cierto timbre iracundo, de una fría rabia, se podía intuir bajo el trasfondo de su voz. Tiró con acierto aquel paño empapado en sangre a la basura y, se incorporó, aprovechando para alzar también en el proceso la esbelta figura de ella con su brazo al rodear su cintura con él.- Ya hablaremos de lo otro cuando este solucionado este percance...-Y si, ese 'aviso' podría haber sido capaz de congelarle la sangre a cualquiera. Pena que no lograra eso y, por ello, coagular la sangre de la herida abierta de su esposa.
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Re: Y cuando llega la fiera… todo se altera [Priv.]

Mensaje por Natasha Leisser el Mar Mayo 23, 2017 4:26 am

Siseé con fuerza cuando el pelimorado retiró sin consideración aquel pañuelo que, hasta hacía poco, me sirvió para cubrir la herida. Acto después, con la misma falta de delicadeza, hizo presión con un par de gasas y me ayudó a incorporarme, causando que yo farfullara por el dolor y la falta de tacto de aquel hombre, supuestamente mi esposo. Le miré de reojo con cierta molestia, aunque mi instinto de sobrevivencia aún estaba activo así que nada dije ante la alerta que se activó por aquella mirada asesina que él me dirigió y le dejé actuar a su antojo, arrastrándome un poco hacia la camilla más próxima y de allí tomar asiento.
Lo cierto era que me sentía algo débil y mareada, por lo que, bajo esas circunstancias, estaba consciente que lo mejor sería obedecer al mayor y permitir que me curara, aunque no podía garantizar mi tranquilidad en caso de que me fuera a suturar aquella herida. Odiaba las agujas tanto como los hospitales, así que en caso de que llegara a sacar la aguja, sería el momento para emprender huida estratégica. Además, era un simple rasguño, nada que una tirita no resolviera. Lancé un suspiro y mi vista se concentró en el pequeño animal que en esos momentos devoraba con avidez la carne que con tanto esfuerzo le había traído. Sonreí.
No podía entender el enfado del hombre, sencillamente estaba fuera de mi comprensión... había hecho lo que cualquiera ante un ser necesitado de cuidados y afecto, ¿eso había estado mal? Negué para mí, confundida. ¿Por qué todo tenía que ser siempre tan complicado con él? A veces sentía que nada más le importaba, que no fuera su trabajo... pero era allí en donde recidía mi carta de triunfo. Esta vez no iba a permitir que se saliera con la suya.
Así que le observé, imperturbable.
-No creo que haya nada de lo cual debamos hablar -repliqué, tajante. Mi mirar se afiló ante mis palabras siguientes-. Frente a ti se encuentra una persona hambrienta y herida, la cual necesita de tu ayuda... dime, ¿qué harías tú? ¿Tú, como médico que eres, la abandonarías? ¿Dejarías que su vida corriera a manos de la suerte? Yo creo que no... Sé lo celoso que eres con tu trabajo; sé que es lo único que te importa, nada más. Pues lo mismo aplica para mí, no importa si es una persona o un animal, cualquier criatura viva que necesite de mi ayuda, yo haré hasta lo imposible para ayudarla. No iba a abandonar a este gatito, y sabía que a casa no hubiera podido llevarlo porque te hubieras puesto como araña pisada... -en este punto desvié la mirada, algo nerviosa- admito que este no fue el mejor lugar... pero no encontré otro mejor para resguardarlo mientras pensaba qué iba a hacer con él. Y el que hoy te tocara guardia no estuvo dentro de mis cálculos... -volví a mirarle, pero esta vez casi con reproche- ¿por qué siempre me complicas todo? ¿Por qué no sencillamente te fuiste a socorrer al ficticio alumno moribundo y me dejaste el camino libre? Ahora tú no estarías enojado y no perturbarías la paz de Gericito con tus malas vibras de psicópata asesino. Y permíteme decirte que si en tus planes está regañarme por esto, pierdes tu tiempo puesto que...
Me acallé de golpe y cerré los ojos de repente, aferrándome al borde de la cama con fuerza al sentir aquel agudo dolor en el pecho acalambrarme el brazo izquierdo. Maldición, con el apuro de conseguirle comida al minino, había olvidado tomarme mis medicamentos... y estos se habían quedado en el aula, dentro de mi bolso... Comencé a hacer ejercicios de respiración, tratando de lograr con este método el calmar el extraño latido de mi corazón. Ya me había funcionado antes, no tenía porqué ser una excepción aquella.
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