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Comenzar con el pie correcto (Priv. Casia)

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Comenzar con el pie correcto (Priv. Casia)

Mensaje por Julian A. Gaiardelli el Miér Ene 11, 2017 3:02 am

Asqueado repasé la dirección de aquella cafetería donde había quedado con aquella chica cuyo nombre había tenido que anotarme en la palma de la mano para no olvidar por completo; acorde al requerimiento, por no decir capricho, de mi padre había terminado metido en ese rollo de las citas a ciegas aún cuando no me convencían ni un poco.

Detestaba la idea de tener que aparentar frente a una completa desconocida que bien podría ser un travesti o hasta una carnada para la venta ilegal de órganos, por lo que sabía que se encontraba uno en internet; pero aún así estaba allí yendo hacia aquel inexorable destino que tranquilamente podría convertirse en mi último destino en su totalidad.

-Gina Andreoli…-Releí el nombre apuntado en mi palma por encima de las preguntas que había leído en internet que era propio hacer durante una primera cita.

Cuando me di cuenta, estaba llegando tarde; no era como si me importara, pero si ese tipo de detalles llegaba a oídos del viejo, de seguro debería tragarme un sermón descomunal.

Repasé mentalmente mi discurso uno y otra vez, intentando memorizar aquellas frases e infundirles mentalmente un fingido interés que resultara mínimamente creíble como para sonar respetuoso.

Estaba destinado al fracaso, lo sabía desde el momento en que había concretado este encuentro, fallaría miserablemente y el viejo se me aparecería en la academia de arte para hacerme pasar un bochorno frente a todo el mundo.

Tenía dinero suficiente… Quizás podía  fingir mi propia muerte, cambiar mi identidad y hacerme suficientes cirugías plásticas como para volverme irreconocible; así podría empezar de nuevo… Era un poco drástico pero a largo plazo, parecía la opción más viable para librarme del yugo de aquel hombre.


-De todos modos si no me muero solo me matará de un disgusto un día…-Suspiré ante la ironía de que, seguramente, él pensaba muy parecido acerca de mí… No estaba seguro de en qué exacto momento nuestra relación de Padre e Hijo se había convertido en esta batalla campal; pero tenía la certeza absoluta de que no sería yo quién diera su brazo a torcer.

Justamente por eso estaba allí… Inmolándome en este encuentro forzado por mi propia arrogancia. Con la mayor de las resignaciones avancé hacia el interior de aquella cafetería, acercándome hacia la mesa que había pactado con mi cita, la cual ya me estaba esperando en el lugar.

-¿Señorita Andreoli? Soy Julian. Julian Gaiardelli. Supongo que… es un placer- Bien, había comenzado bien insinuando que este encuentro me producía alguna clase de placer.

Como fuera, me senté frente a ella, tratando de disimular mi incomodidad, en especial cuando una camarera se acercó a mí para tomar mi orden.

-Solo tomaré un Espresso… -Requerí tratando de rehuir del escrutinio  de aquella mujer, que enseguida  miró desconcertada a mi acompañante por algo completamente ajeno a mi propia comprensión, luego de tomar la orden de ella también, finalmente se retiró dejándonos a solas por unos minutos.

En ese lapso no dejé de mirar a mi interlocutora, me llamaba la atención radicalmente su apariencia… Y es que por todo nuestro círculo de conocidos circulaban abundantes rumores acerca de su belleza excepcional y su elegancia incomparable; sin embargo la chica que tenía delante no resaltaba en absoluto por ninguna de las dos características; no era como si eso pudiera importarme menos, sin embargo me llevaba a cuestionarme acerca de los parámetros de belleza que manejaba la gente a mi alrededor, sobre todo desde que, como artista, mis propios parámetros tendían hacia lo Helenístico.

-Que raro… - Quizás estaba bien salirme un poco del guión pre-fabricado para romper el hielo de la conversación- Había escuchado que eras como una Reina de Belleza pero…-De inmediato frené el discurso,  al darme cuenta de que no podía continuar aquella frase de ninguna manera que no resultara profundamente ofensiva… De manera que me limité a suspirar cansado por el agobio al que me vi sometido en tan solo pocos minutos de este nefasto encuentro; cuando quise volver a retomar la conversación que había ensayado hasta el cansancio, me percaté de que el rostro de la chica había compuesto una mueca desagradable que no podía descifrar por mí mismo- ¿Qué pasa con esa cara de Ginseng Rancio?- Pregunté casualmente al no encontrar una descripción más apropiada para el gesto; después de todo, demostrar interés en su estado de ánimo seguramente era algo que tomaría como positivo-.
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Re: Comenzar con el pie correcto (Priv. Casia)

Mensaje por Casia Andreoli el Lun Jun 19, 2017 12:20 am

Iba a matar a Gina cuando tuviera la oportunidad de ponerle las manos encima... Y es que no podía entender qué demonios estaba haciendo yo allí, en una cafetería y aguardando con impaciencia a un tipo que nunca había visto en mi vida con anterioridad y que, para el colmo, estaba llegando ofensivamente tarde.
Claro, mi prima la millonaria, la heredera de toda la fortuna de mi tío Alonzo, requería de urgente ayuda y no pudo acudir a una persona más calificada que a su prima la pobre, segunda de cinco hermanas cuya familia se crío en el campo, desconocedores del mundo exterior ajeno a aquella isla... Gina y yo éramos polos opuestos por completo, tanto en personalidad como en belleza. Tenía entendido que ella era aclamada por ser de las chicas más bellas de la alta sociedad, y que tras de sí tenía un cúmulo de hombres dispuestos a desposarla. En cambio yo... ¿qué podía decir de mí? Sólo era una joven de campo que había decidido probar suerte en la gran ciudad, que carecía de atractivo visual ni tampoco conocía de excentricidades. Por lo tanto, lo último que me apetecía era acudir a una cita a ciegas que había sido concertada en un inicio para mi primera, y si sólo estaba aquí como remplazo suyo únicamente se debía a la promesa de un bolso, uno de esos caros y de colección que solía comprar mi familiar como si se tratase de calcetines de oferta en un mercado. Cierto, me caracterizaba por ser sencilla, práctica y rehuir de los lujos... pero seguía siendo mujer al fin y al cabo, y dentro de mí existía una vena femenina que de vez en cuando deseaba hacerse sentir importante con esa clase de detalles.
Un capricho, sólo eso por vez primera. Además, un boso de miles de euros a comparación de una simple cita con un desconocido al que no volvería a ver en mi vida... no era una recompensa nada desdeñable.
Julian Gaiardelli... —susurré en baja voz, con la vista fija en el asiento vacío frente a mí y tamborileando las uñas sobre la superficie de la limpia mesa de madera.
¿Qué clase de persona sería? ¿Un atractivo hombre de negocios, apuesto y millonario? Seguro, esa era la clase que se adecuaba con el estatus y personalidad de Gina. Pero tampoco podía descartar la posibilidad de encontrarme con un abuelito malhumorado, sordo y al que le hacían falta varios dientes. La simple idea me hizo estremecer. Con las citas a ciegas nada se iba a la segura, y por eso las tenía en tan poca estima.
La mesera, por tercera vez, se acercó a mi asiento y tuve que rechazarla por tercera ocasión, haciéndole ver que aún esperaba a mi acompañante. En ese punto fue cuando comencé a considerar con seriedad el hecho de que, probablemente, había sido plantada y analicé mis opciones de salir de aquel bochorno con el honor lo más intacto posible, cuando una voz masculina por detrás de mí pronunció mi apellido. O el de mi prima, para el caso era lo mismo. Alcé la mirada con incredulidad y las palabras se me atoraron en la garganta al cruzar mi mirada con los ojos azules de mi acompañante.
¡Dios mío! Aquel chico tenía de todo, menos de abuelito sordo y desdentado.
Lo contemplé, munda, mientras él tomaba asiento frente a mí. Aproveché ese lapso para tratar de tragar el nudo que se me habóa formado en la garganta. ¿Qué otra cosa podía decir? Había caído frente a mí una de esas bellas figuras masculinas de la antigua Grecia, sólo que en carne y hueso: ojos azules, cabello azabache, facciones masculinas y bien proporcionadas... Y su voz, ¡su voz! Tenía esa tonalidad justa de cadencia que haría a una mujer derretir si se le hablaba al oído.
Es un placer para mí también... —logré decir al fin, varios segundos tarde. Me reprendí a mí misma en silencio, tenía que recordar que aquella cita era de mi prima, no mía, y que yo sólo acudía como su representante para echarle un ojo y después darle santo y seña a la candidata real.
Pues bien, Julian Gaiadelli se llevaba el diez, de eso no cabía duda alguna.
La mesera se acercó a nuestra mesa con un brillo triunfal en los ojos, el mismo que reflejaban las personas cuando su paciencia al fin dio frutos, y nos pidió nuestra orden. Al parecer no era la única que estaba ensoñada con mi cita, y me sentí superior sólo de pensar que la que estaba sentada en aquella mesa, junto aquel joven, era yo. Tuve que hacer un esfuerzo para no sonreír ante la idea. Pedí un té helado de kiwi y sandía, y cuando la empleada se retiró para hacer saber de nuestro pedido, volví a concentrar mi atención en el contrario. Bien, ahora el dilema sería tratar de sacar una plática que fuera amena y que no sopresara terrenos peligrosos, pero al parecer no fui la única con ese pensamiento, pues poco después el primero en tomar la palabra fue el pelinegro.
Quedé de piedra ante sus palabras, y no pude evitar fruncir el ceño con molestia y hacer rechinar los dientes ante su frase al aire con respecto a mi belleza. ¿Pero...? ¿Qué le pasaba? Bien era cierto que no podía compararme con Gina, ¡pero tampoco era del todo fea! Quizá sólo... ordinaria. Bien, de diez habíamos bajado a un ocho. Sigue así, señor Arrogante, y ya veremos cuántos puntos más pierdes en el proceso...
Y el tipo seguía y seguía... De verdad lo preguntaba, ¿quién se creía que era este sujeto?
Perdona, es que no todos podemos tener la misma cara de nabo que tú —repliqué, mordaz, ante su cuestionamiento.
¿Quién iba a pensar que aquel adonis iba a resultar ser todo un patán maleducado?
Por fortuna nuestras bebidas llegaron en ese momento, lo que logró cortar un poco la tensión que se había generado entre ambos. Pero sólo un poco. Tomé entre mis manos el helado vaso y di un sorbo, desviando la mirada hacia mi izquierda, negándome a verlo directamente. Toda aquella situación se estaba tornando más incómoda de lo tolerable, pero quizá también él se encontraba nervioso y no sabía qué decir. No debía juzgarlo tan pronto y a la ligera, ¿o sí? Le daríamos otra oportunidad...
Y... —dejé con parsimonia el vaso de vidrio sobre la mesa y al fin le miré a los ojos, seria—... ¿qué me puedes contar de interesante sobre ti? No lo sé, sobre a lo que te dedicas o tus pasatiempos...
¿Cuánto era el tiempo mínimo que debía transcurrir antes de irme de una cita sin parecer maleducada? No podía ver la hora en la que pudiera ya largarme de allí.
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